Al escribir estas líneas aun me estremezco al recordar esos, ya muchos, rostros sin nombre que ya no están entre nosotros, pero que son ya parte de mi vida y de algunos de mis mas amargos recuerdos.
Aunque estos sentimientos han ya forzado su ingreso en mi diario personal, desde el primer día que pise el pabellón de mujeres del “Princess Marina”, me ha tomado un buen tiempo, y algunas noches de insomnio, armarme de valor para poder compartirlo con ustedes, mi muy queridos lectores.
En estos pabellones fríos y tugurizados en los que ahora paso la mayor parte de mi nueva vida, la muerte, agazapada, acecha inadvertidamente tras los ojos de gente que, esperanzada, pero sin alternativa alguna, pone sus vidas en mis manos. Las heridas abiertas por la impotencia y frustración han marcado mi memoria y mi vida. Heridas que a fuerza de resistirme a la rutina de aceptar la innecesaria muerte de los mas humildes y mas necesitados, no dejare cicatrizar.
Lastimosamente, estos momentos de frustración y desesperanza, y que con seguridad seguiré experimentando en el futuro, se han convertido ya en cosa de todos los días. Sin embargo, la frustracion y rabia que siento ante la muerte, innecesaria y abrumadora de mis pacientes, no se compara con la que siento al ver la naturalidad con la que los médicos y enfermeras, con gran indiferencia, asumen.
Con la naturalidad con la que uno se acuesta por la noche, sabiendo que al día siguiente nos levantaremos para continuar con nuestra mundana rutina, médicos certifican, sin inmutarse, la muerte de una madre, que a sus 20 años deja ya tres huérfanos al cuidad de su madre, quien, sin soltar una lagrima, pero que con los ojos cargados de dolor, contempla el cuerpo inerte de su hija cubierta por una sabana sucia de hospital, a la espera de convertirse en una estadística mas.
Hoy, la muerte me miro directamente a los ojos. Desafiante, sabiéndose de antemano ganadora, tras los ojos de mirada desorbitada de quien se despide de una vida cargada de sufrimiento. Uno de mis pacientes murió. Luchando por unas cuantas, y últimas, bocanadas de aire, un hombre sin nombre murió en mis manos. Se que fui responsable, tal vez simplemente de acelerar lo inevitable, pero no puedo mas que pensar que pude haber hecho algo distinto. Nunca lo sabré. Nunca lo olvidare.
Aunque ahora descansa en paz, su partida no fue pacifica, ni digna. Y mis esfuerzos fueron inútiles. Y la carga sobre mis hombros, mi conciencia y mi memoria es pesada. Y el nudo en la garganta me impide gritar: Por que? Por que tuvo que suceder de esa manera? Por que el sufrimiento de los que más sufren es siempre más profundo e inconsolable? Por que la naturalidad con la que tomamos la partida de quien, esta mañana estuvo a mi lado y deposito su confianza, anhelo por empatia, esperanza y vida en mis manos? Y hoy su vida se me escurrió de entre las manos como agua que tratando desesperadamente de retenerla, no tuve más remedio que dejarla ir. Y los ojos con mirada vidriosa y resignada de su madre, que con gran resistencia dejsprendieron una que otra lagrima, aun me quema alma y la memoria. Por que tuvo que suceder así?
Y el carbón ardiente de la pena y frustración que me tuve que tragar, aun quema mis entrañas.
Y frustrado, pero sin resignarme a aceptar la partida de quienes nunca debieron haber partido, escuchare a los grandes expertos, llenos de palabras vacías, hablar de cómo arreglar el mundo. Pero ellos no hablaran de el, ni de su madre, ni de mí. Una vez más, ellos no hablaran ni de ti ni de mí.
Y sin embargo, mientras escribo estas líneas que arrancan parte de mi alma. Arrebatando parte de lo que fui y ya nunca mas podré ser, la brisa fresca del amanecer me rodea como las manos de un artesano que frente a un torno, moldea una masa aun amorfa de barro que inevitablemente se convertirá en algo mejor, de forma mas hermosa pero aun incierta. Y el sol de un nuevo amanecer se asoma tímidamente en un horizonte de esperanza y posibilidades.
Otro Cielo
"la stranezza di un cielo che non e il two" - Cesare Pavese
No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre te faltaría un pájaro en silencio.
No existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras por fin cómo es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón.
No existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan difícil
siempre te faltaría el pino del crepúsculo.
Eso porque se trata de un cielo que no es tuyo
aunque sea impetuoso y desgarrado
en cambio cuando llegues al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.
Mario Benedetti
No existe esponja para lavar el cielo
pero aunque pudieras enjabonarlo
y luego echarle baldes y baldes de mar
y colgarlo al sol para que se seque
siempre te faltaría un pájaro en silencio.
No existen métodos para tocar el cielo
pero aunque te estiraras como una palma
y lograras rozarlo en tus delirios
y supieras por fin cómo es al tacto
siempre te faltaría la nube de algodón.
No existe un puente para cruzar el cielo
pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla
a fuerza de memoria y pronósticos
y comprobaras que no es tan difícil
siempre te faltaría el pino del crepúsculo.
Eso porque se trata de un cielo que no es tuyo
aunque sea impetuoso y desgarrado
en cambio cuando llegues al que te pertenece
no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar
pero estarán el pájaro y la nube y el pino.
Mario Benedetti
domingo, 7 de septiembre de 2008
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