disgusto he descubierto la gran cantidad de enchufes, de formas caprichosas y mutuamente excluyentes, que existen en esta parte del mundo. Algunos venidos de Sudáfrica, otros de Australia, y algunos producto de la borrachera de algún excéntrico ingeniero eléctrico. Luego de siete días de idas y venidas a la ferretería he acumulado una cantidad tan increíble de transformadores,
adaptadores y adaptadores para los adaptadores que se me hace difícil moverme de una habitación a otra sin enredarme en un sinfín de, innecesarios, cables eléctricos. Sin embargo, tengo que agradecer a la gran calidad de la industria China, que al parecer es la única que produce estos adaptadores, por haberme facilitado el único ejercicio que he practicado en la semana. Ya que la vida media de cada uno de estos adaptadores es aproximadamente 2 minutos, me he visto en la obligación de triplicar el número de caminatas a la ferretería.
Al pedir direcciones durante uno de mis, ya habituales, extravíos por la ciudad descubrí que, como queriendo forzar el avance tecnológico, los semáforos son llamados “robots”. Ya se imaginaran mi cara de sorpresa cuando en el medio de un desierto, con burritos y todo, me indicaron que el sitio que buscaba se encontraba a una cuadra, entre dos “robots”.
Siempre he pensado que para aculturarse, uno debe familiarizarse con la comida típica del lugar. Desafortunadamente, durante la semana la única comida que estuvo a mi alcance fue la de la cafetería del hospital. Como era de esperarse, y a pesar de tener nombres muy distintos y exóticos, los platos se veían y sabían a comida de hospital. Básicamente, una masa grasosa y amorfa de algún tipo de estofado, acompañado de arroz o algún otro grano local. Es por eso que hace un rato, buscando compenetrarme la cultura de este país que tan bien me ha recibido, salí en búsqueda
de comida típica. Preguntando, llegue a un restaurante de comida típica y, sin preguntar mayores detalles, pedí un plato típico. Es difícil describir mi reacción cuando a los pocos minutos el mozo regreso con un plato de gusanos en salsa de tomate… como si fuera la versión Africana de pasta Pomodoro. Ya no había marcha atrás, y con un par de cervezas me los comi todos. Tengo que aceptar que, aunque no se han convertido en mi plato favorito, no estuvieron tan mal. Bueno, ahora, con gusanitos en el estomago (literalmente) me despido hasta mañana.
1 comentario:
If Nicola is telling you this is all he is eating in Botswana I assure you he is lying!!
Gill
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